lunes, 10 de junio de 2024

Sobre amistad, memoria y los astros


La astrología nace como respuesta a la necesidad de dar una estructura al mundo, y si tenemos un modelo estructural podremos vaticinar, presagiar alguna cosa y, por lo tanto, prepararnos para algo. En su versión occidental, esta quimera está bien anclada en la mitología griega, que representa una estructura mucho más cercana a lo humano, si comparada con el aparato judeocristiano y egipcio. Los dioses griegos eran pasionales, se enfurecían y, en algunos casos, se enamoraban de algún mortal, generando perturbaciones que son cantadas y celebradas en los libros griegos y latinos. Tengo una gran amiga astróloga, del sur de nuestro continente, que fue diagnosticada recientemente con Alzheimer, y que trabajó durante años en la ONU hasta jubilarse; ella me explicaba todas estas cosas, después de mis duras críticas recurrentes a la astrología, y afirmaba que el mundo era literario y que la mitología era poética sedimentada en forma de estructuras arquetípicas. Como los dioses griegos eran temperamentales, como nosotros, no había cómo fabricar una dogmática de creencias en la forma de una fe específica, que rayara en lo absoluto (como lo afirmaba Estanislao Zuleta). Por eso, los griegos se inventaron la lógica y las deducciones pues los oráculos eran solo la voz humana en octavas superiores. Como una analogía posible, la ciencia dura moderna representa una tentativa de estructurar el mundo, vaticinar cosas y controlar lo que se nos puede salir de las manos. Mi amiga también me explicaba que los planetas fueron descubiertos en ciertas épocas propicias para elaborar sus maquinaciones en (o por) nosotros. Por ejemplo, Urano fue descubierto en 1783, poco antes de la revolución francesa y su nombre mitológico representa al padre de Zeus (cuya arma era el rayo) y que era consorte de Gaia (la tierra); también se dice que era hijo de su propia esposa, que lo habría engendrado de manera asexuada, lo que ya lo haría precursor del mito de Edipo y de todo lo que quiebre lo convencional. Los astrólogos, por algún motivo, asumen que Urano representa lo que se renueva por quiebras de paradigmas (si usamos la acepción de Thomas Kuhn), las nuevas visiones y, en su lado más extremo, las tecnologías basadas en el electromagnetismo y cosas aún más recientes o raras. Otro ejemplo que me daba era el de Plutón, dios de la muerte y del inframundo, planeta asociado a la transmutación de la materia, que fue descubierto poco antes de la era nuclear, de la fabricación de la bomba atómica. Cuando leí de manera muy desconfiada un libro introductorio que me prestó, le pregunté por qué ciertos signos tenían los mismos planetas regentes; por ejemplo Toro y Libra son regidos por Venus, y Géminis y Virgo son regidos por Mercurio. Su explicación fue la de que dos nuevos planetas serían descubiertos a su debido tiempo: Vulcano, regente de Virgo y Minerva regente de Libra. Todo esto porque Virgo era el signo de la valorización del trabajo y Libra el de la justicia. Como el significado de esos dos términos aún nos quedaba grande como humanidad, sus descubrimientos estarían ralentizados por nuestra propia dinámica paquidérmica en estas dos temáticas. Yo confieso que aún guardo una esperanza secreta de que estos dos candorosos planetas se nos aparezcan «un día de estos», como decían los viejos en Palmira. Otra cosa relevante es que en la astrología no se hace diferencia entre planetas y estrellas, por ejemplo, el sol es el regente del signo de León y la luna es el regente de Cáncer, un signo asociado al inconsciente, a la familia nuclear y a la maternidad. Así, la astrología estaría vinculada más a los ritmos de la naturaleza, a estructuras arquetípicas, a las estaciones, y los nombres y significados de los signos serían solo metaforizaciones y enlaces a ciclos de la bóveda celeste; una tentativa de unir lo cíclico y mortal a lo indisoluble y celestial. La astrología es una de las tantas quimeras que abrazamos, y tal vez no conseguimos vivir sin alguna de ellas. Adicionalmente, mi amiga, ante mis críticas severas, me afirmaba que no habría influencia a distancia de los planetas sobre el mundo, y que ellos solo representarían relojes cósmicos o ciclos de la estructura de nuestros egos, y del ego del mundo, lo que me pareció muy poético y audaz como argumento. Cuando Carl Sagan decía que la astrología era charlatanería, lo hacía desde su visión de científico. Pero me parece que criticarla desde esa visión es como preguntarse si Úrsula, el personaje de Gabo, existió o no. Toda obra de arte es verdadera, desde que sea bella y original y resuelva algún dilema, tan veraz como la mano que la escribe o la esculpe; esto lo decía mi amigo César Giraldo, ateo en sus días lúcidos y agnóstico cuando recibía alguna revelación. Mi amiga siempre fue una astróloga efervescente y apasionada por la belleza que veía en los mapas astrales, y eso me causaba admiración; pero cuando la llamé hace algunas semanas, y para testar su memoria debilitada, le pregunté sobre sus actividades astrológicas, y me respondió con su bello acento sureño «Mirá vos, Carlos, eso que me preguntás me parece que fue de otra vida». Así, percibí que en su memoria ya no cabían signos y planetas, pero me consuela mucho que aún le quepa yo como su terco y receloso amigo colombiano.

(Carlos Humberto Llanos)

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